"Duelando nuestras pérdidas. Cambio y Continuidad"

Duele. Separarse de un ser querido por su muerte duele, perder la salud por una enfermedad duele, 
finalizar un matrimonio en separación o divorcio duele, perder el trabajo, los bienes materiales 
o los lazos afectivos con alguien nos duele.

Los finales, las separaciones, pérdidas y muertes forman parte del curso natural de la vida e inevitablemente todos debemos afrontarlos, descubriendo y reconociendo que son momentos de duelos.
Aún sabiendo que estos momentos de crisis y cambio tienen el potencial de ayudarnos a crecer, madurar, desarrollarnos y aprender, el gran dolor y sufrimiento que sentimos hace que esto sea muy difícil de aceptar y de vislumbrar como una posibilidad.
En los momentos de duelo, el sufrimiento es muy intenso, se nos hace difícil continuar con la cotidianeidad, necesitamos un tiempo de elaboración y trabajo para sanar la herida que se abrió en nuestro Ser, trabajando sobre el dolor y el sufrimiento que habita dentro de nosotros mismos.
Es difícil no tener con quien poder hablar de lo que nos pasa, aunque haya pasado tiempo de la muerte o de la separación, deseamos hablar y compartir con alguien lo significativo de ese vínculo.  
Deseamos recordar, llorar, expresar nuestros miedos, enojos y culpas sintiéndonos contenidos, comprendidos y acompañados.
El duelo se vive y se elabora personalmente, pero comunitariamente es necesaria la presencia de otro con quien poder compartir el dolor y que pueda sostener, escuchar, orientar, servir de guía ante tanta oscuridad, y que, cuando sea necesario para elaborar saludablemente el duelo,  también confronte amorosa y empáticamente.
Muchas creencias erróneas nos llevan a dilatar y hasta cronificar nuestro sufrimiento. Por el contrario de lo que se dice y se cree,  el duelo es un tiempo que necesita de nuestra ayuda y trabajo donde tenemos que sanar nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones y  nuestros vínculos. No es sólo el tiempo quien ayuda, tampoco nos ayuda evitar el tema, negarlo, disimularlo o taparnos de actividades para no contactar con el dolor. 
No nos ayudan los consejos y las frases consuelo que lo único que hacen es hacernos sentir más incomprendidos, como por citar algunos, los llamados “deberías”: deberías ser quien ocupes su lugar, deberías mostrarte fuerte en este momento…Tampoco los “tendrías”: tendrías que ocuparte de tus hermanos, tendrías que irte de viaje, tendrías que vender todas tus cosas…
Sabiendo lo doloroso del camino que nos espera, necesitamos mucho coraje para sumergirnos en un proceso personal de duelo,  permitiéndonos vivenciar conscientemente cada instante, permitiéndonos comprendernos emocionalmente 
y escucharnos en la profundidad de nuestra experiencia, aceptando cada oscilación del ánimo, las tristezas profundas o las oleadas de llanto y dolor.
La soledad suele ser una cruel compañera ante tanto desconsuelo. Es este el llamado que debemos atender, humanizarnos ante el dolor del otro, permitirnos contactar con el potencial de nuestro buen corazón, y alzar la mirada del doliente para que pueda recobrar el valor único de ser y estar vivo.
El acompañar a una persona en su proceso de duelo nos contacta directamente con nuestras debilidades, nuestros temores, la reflexión existencial sobre nuestra vida, nuestra muerte, nuestros vínculos, nuestros asuntos pendientes, los valores que rigen la vida y que hemos hecho o estamos haciendo para ser felices y honestos con nosotros mismos. Es un llamado a nuestra humanidad el poner más corazón en las manos.
Todo lo expuesto nos genera una reflexión: 
Si todos hemos de vivir duelos, y a sabiendas que en algún momento estaremos nosotros necesitando amor y compañía
¿cómo no sensibilizarnos para ayudar a otros?
Es necesario reeducarnos hacia una visión integradora de la muerte, las pérdidas y el duelo como parte de la vida y establecer tierra fértil para una comprensión y un dialogo que nos permita vivir más aceptante y sanamente los duelos.