Las emociones en el duelo.

Las personas que están en  proceso de duelo se encuentran muchas veces con emociones y sentimientos difíciles de asimilar, entre ellos se encuentra el enfado, la bronca, la rabia.

 

El enfado no es más que esto, un sentimiento, y debemos experimentarlo, no juzgarlo. Como todos nuestros sentimientos, es una forma de comunicación y nos transmite un mensaje. 

El enfado nos indica que no hemos solucionado nuestro dolor. El dolor es una herida actual, mientras que el enfado es con frecuencia, una herida que no ha sanado. En el duelo sino reconocemos el enfado, la bronca y nos tomamos el tiempo para afrontarlo se convertirá en rabia.

El trabajo del duelo requiere que experimentemos  y sanemos nuestros sentimientos y emociones.  El enfado reprimido no se evapora, sino que se convierte en una cuestión pendiente. Si no elaboramos esas pequeñas dosis de enfado, este aumenta más y más hasta que sale por algún lado, que normalmente no es el adecuado. 

Los sentimientos deben ser atendidos y escuchados. El enfado es una respuesta normal ante el sufrimiento  causado por la muerte. La persona puede sentirse enfadada con el mundo, con las personas que lo rodean, con los supervivientes o con Dios por haberle quitado a su ser querido.

Podemos tomarnos unos minutos y centrarnos en nuestras emociones. Un buen ejercicio puede ser armar una pequeña hoja de trabajo y detenernos en las distintas direcciones que puede tener nuestro enfado. 

•Estoy sintiendo enfado/ bronca con: mis amigos, mis familiares, la vida, la enfermedad, los médicos, Dios, con quien murió…

Del enfado podemos tomar la energía que nos proporciona para realizar cambios en el presente. Poner límites a uno mismo y a los demás. Decir “no”. Escoger lo esencial. Tomar decisiones. Ser asertivo, autoafirmarse y proteger el espacio vital en un momento de vulnerabilidad.

Para reflexionar les dejamos un cuento sobre dos emociones predominantes en el duelo, la rabia y la tristeza. La historia es del libro “cuentos para pensar” de Jorge Bucay.

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta. En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas, había una vez un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y 

 

 

pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente.

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse, haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas  y desnudas las dos, entraron al estanque. 

La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida sin saber porque, se baño rápidamente y más rápidamente aun salió del agua. Pero la furia es ciega o, por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró. Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino de la tristeza. Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calmada y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde esta, la tristeza termino su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ripa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadad, pero sin nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es solo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, esta escondida la tristeza.

 

Bibliografía:

“Lecciones de vida”, Elisabeth Kubler-Ross y David Kessler. 2002. Ed. Millenium.

“El duelo. Luces en la oscuridad”, José Carlos Bermejo y Consuelo Santamaría. 2011. Ed. La esfera de los libros.

“las tareas del duelo. Psicoterapia de duelo desde un modelo integrativo-relacional”, Alba Payas Puigarnau. 2010. Ed. Paidos